Hannah está dentro del templo. Ella está arrodillada en el suelo, orando. Sus manos están cruzadas delante de ella. Elí está sentado en una silla de piedra detrás de ella, claramente escuchar a ella o ella estudiando cada movimiento.
7 Y así año tras año, cada vez que subían al santuario del Señor, la insultaba del mismo modo. Una vez Ana se puso a llorar y no quería comer.8 Entonces su marido Elcaná le dijo: –Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?9 Después de comer y beber en Siló, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del santuario del Señor.10 Ella, llena de amargura, estuvo llorando desconsoladamente y suplicando al Señor,11 a la vez que le hacía esta promesa: –Señor todopoderoso, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí, si no olvidas a tu sierva y le das un hijo varón, yo lo consagraré al Señor por todos los días de su vida y la navaja no pasará por su cabeza.12 Al prolongar ella su oración ante el Señor, Elí se puso a observar sus labios;13 como Ana oraba en silencio, sus labios se movían, pero no se oía su voz. Entonces Elí pensó que estaba borracha14 y le dijo: –¿Hasta cuándo seguirás borracha? A ver si se te pasa el efecto del vino.15 Ana respondió: –No, señor mío, es que soy una mujer desgraciada. No he bebido vino ni licor; estoy desahogando mi corazón ante el Señor.16 No tomes a tu sierva por una mujer perdida, pues el exceso de mi pena y mi dolor me han movido a orar de este modo.17 Elí le dijo: –Vete en paz, y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.18 Ella dijo: –Que tu sierva alcance tu favor. Y regresó por donde había venido. Después comió y ya no parecía la misma.