Hannah está arrodillada en el suelo en el centro de una habitación. Está mirando hacia arriba. Sus ojos están abiertos y sus palmas están tocando como si estuviera orando.
1 Entonces Ana oró así: Mi corazón se alegra en el Señor, mi fuerza está en mi Dios, mi boca se ríe de mis enemigos, porque me alegro con tu salvación.2 No hay santo como el Señor, no existe otro como tú, no hay roca como nuestro Dios.3 No hablen con tanta arrogancia, aparten la insolencia de su boca, porque el Señor es un Dios sabio, un Dios que pesa las acciones.4 El arco de los fuertes se rompe y los débiles se revisten de valor.5 Los hartos se contratan en busca de pan y los hambrientos ya no se fatigan. La mujer estéril da a luz siete hijos y la madre de muchos ya no concibe.6 El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y saca de él.7 El Señor empobrece y enriquece, humilla y engrandece,8 levanta del polvo al desvalido, saca al pobre de la miseria, para sentarlo con los nobles y asignarle un puesto de honor. Porque del Señor son los pilares de la tierra y sobre ellos asentó el mundo.9 El guarda los pasos de sus fieles, mientras los malvados perecen en las tinieblas, porque el hombre no triunfa por su fuerza.10 El Señor aniquila a sus enemigos, truena el Altísimo en el cielo. El Señor juzga los confines de la tierra. El da poder a su rey y engrandece el honor de su ungido.11 Elcaná regresó a su casa, a Ramá, y el niño quedó al servicio del Señor junto al sacerdote Elí.