Jesús antes de Pilato
| Secondary Keywords | juicio Pilato Poncio |
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| Escrituras | John 181 Cuando terminó de hablar, Jesús y sus discípulos salieron de allí. Atravesaron el torrente Cedrón y entraron en un huerto que había cerca. 2 Este lugar era conocido por Judas, el traidor, porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos. 3 Así que Judas, llevando consigo un destacamento de soldados romanos y los guardias puestos a su disposición por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, se dirigió a aquel lugar. Iban armados y equipados con faroles y antorchas. 4 Jesús, que sabía todo lo que le iba a ocurrir, salió a su encuentro y les preguntó: –¿A quién buscan? 5 Ellos contestaron: –A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo: –Yo soy. Judas, el traidor, estaba allí con ellos. 6 En cuanto les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. 7 Jesús les preguntó de nuevo: –¿A quién buscan? Volvieron a contestarle: –A Jesús de Nazaret. 8 Jesús les dijo: –Ya les he dicho que soy yo. Por tanto, si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan. 9 (Así se cumplió lo que él mismo había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste»). 10 Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió con ella a un siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. (Este siervo se llamaba Malco). 11 Pero Jesús dijo a Pedro: –Guarda tu espada. ¿Es que no debo beber este cáliz de amargura que el Padre me ha preparado? 12 Los soldados romanos, con su comandante al frente, y la guardia judía, arrestaron a Jesús y le ataron las manos. 13 Acto seguido, lo condujeron a casa de Anás, el cual era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. 14 Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo». 15 Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, entró, al mismo tiempo que Jesús, en el patio interior de la casa del sumo sacerdote. 16 Pedro, en cambio, tuvo que quedarse fuera, junto a la puerta, hasta que el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y consiguió que lo dejaran entrar. 17 Pero la portera preguntó a Pedro: –¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre? Pedro le contestó: –No, no lo soy. 18 Como hacía frío, los criados y la guardia habían preparado una fogata y estaban en torno a ella calentándose. Pedro estaba también con ellos calentándose. 19 El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. 20 Jesús declaró: –Yo he hablado siempre en público. He enseñado en las sinagogas y en el templo, donde se reúnen todos los judíos. No he enseñado nada clandestinamente. 21 ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído, y ellos podrán informarte. 22 Al oír esta respuesta, uno de los guardias, que estaba junto a él, le dio una bofetada, diciéndole: –¿Cómo te atreves a contestar así al sumo sacerdote? 23 Jesús le dijo: –Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas? 24 Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote. 25 Mientras Simón Pedro estaba junto a la fogata, calentándose, uno le preguntó: –¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre? Pedro lo negó, diciendo: –No, no lo soy. 26 Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le insistió: –¿Cómo que no? Yo mismo te vi en el huerto con él. 27 Pedro volvió a negarlo. Y en aquel momento cantó el gallo. 28 Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás, hasta el palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el palacio para no contraer impureza legal, y poder celebrar así la cena de pascua. 29 Pilato, por su parte, salió a donde estaban ellos y les preguntó: –¿De qué acusan a este hombre? 30 Ellos le contestaron: –Si no fuera un criminal, no te lo habríamos entregado. 31 Pilato les dijo: –Llévenselo y júzguenlo según su ley. Los judíos dijeron: –Nosotros no estamos autorizados para condenar a muerte a nadie. 32 Así se cumplió la palabra de Jesús, que había anunciado de qué forma iba a morir. 33 Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a Jesús y le interrogó: –¿Eres tú el rey de los judíos? 34 Jesús le contestó: –¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí? 35 Pilato respondió: –¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y los jefes de los sacerdotes los que te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 36 Jesús le explicó: –Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo fuera entregado a los judíos. Pero no, mi reino no es de este mundo. 37 Pilato insistió: –Entonces, ¿eres rey? Jesús le respondió: –Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso he nacido y para eso he venido al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz. 38 Pilato le preguntó: –¿Y qué es la verdad? Después de decir esto, Pilato salió de nuevo y dijo a los judíos: –Yo no encuentro delito alguno en este hombre. 39 Pero como ustedes tienen derecho a que les ponga en libertad un prisionero durante la fiesta de la pascua, ¿quieren que deje en libertad al rey de los judíos? 40 Pero ellos seguían gritando: –¡No, a ése no! ¡Deja en libertad a Barrabás! (El tal Barrabás era un bandido). John 1828 Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás, hasta el palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el palacio para no contraer impureza legal, y poder celebrar así la cena de pascua. 29 Pilato, por su parte, salió a donde estaban ellos y les preguntó: –¿De qué acusan a este hombre? 30 Ellos le contestaron: –Si no fuera un criminal, no te lo habríamos entregado. 31 Pilato les dijo: –Llévenselo y júzguenlo según su ley. Los judíos dijeron: –Nosotros no estamos autorizados para condenar a muerte a nadie. 32 Así se cumplió la palabra de Jesús, que había anunciado de qué forma iba a morir. 33 Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a Jesús y le interrogó: –¿Eres tú el rey de los judíos? 34 Jesús le contestó: –¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí? 35 Pilato respondió: –¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y los jefes de los sacerdotes los que te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 36 Jesús le explicó: –Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo fuera entregado a los judíos. Pero no, mi reino no es de este mundo. 37 Pilato insistió: –Entonces, ¿eres rey? Jesús le respondió: –Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso he nacido y para eso he venido al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz. 38 Pilato le preguntó: –¿Y qué es la verdad? Después de decir esto, Pilato salió de nuevo y dijo a los judíos: –Yo no encuentro delito alguno en este hombre. 39 Pero como ustedes tienen derecho a que les ponga en libertad un prisionero durante la fiesta de la pascua, ¿quieren que deje en libertad al rey de los judíos? 40 Pero ellos seguían gritando: –¡No, a ése no! ¡Deja en libertad a Barrabás! (El tal Barrabás era un bandido). John 191 Entonces Pilato ordenó que lo azotaran. 2 Los soldados prepararon una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza. También le colocaron sobre los hombros un manto rojo. 3 Y se acercaban a él, diciendo: –¡Salve, rey de los judíos! Y le daban bofetadas. 4 Pilato salió, una vez más, y les dijo: –Miren, lo traigo de nuevo para que quede bien claro que yo no encuentro delito alguno en este hombre. 5 Salió, pues, Jesús afuera. Llevaba sobre su cabeza la corona de espinas y sobre sus hombros el manto rojo. Pilato lo presentó con estas palabras: –¡Este es el hombre! 6 Los jefes de los sacerdotes y los guardias, al verlo, comenzaron a gritar: –¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les dijo: –Llévenselo ustedes y crucifíquenlo; porque yo no encuentro delito alguno en él. 7 Los judíos insistieron: –Nosotros tenemos una ley y, según ella, debe morir, porque se ha presentado a sí mismo como Hijo de Dios. 8 Al oír esto, Pilato sintió aún más miedo. 9 Entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús: –¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le contestó. 10 Pilato le dijo: –¿Te niegas a contestarme? ¿Es que no sabes que yo tengo autoridad tanto para dejarte en libertad como para ordenar que te crucifiquen? 11 Jesús le respondió: –No tendrías autoridad alguna sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto; por eso, el que me entregó a ti tiene más culpa que tú. 12 Desde ese momento Pilato intentaba ponerlo en libertad. Pero los judíos le gritaban: –Si pones en libertad a este hombre, no eres amigo del emperador romano. Porque cualquiera que tenga la pretensión de ser rey, es enemigo del emperador. 13 Pilato, al oír esto, mandó que sacaran fuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar conocido con el nombre de «Enlosado» (que en la lengua de los judíos se llama «Gábbata»). 14 Era la víspera de la fiesta de la pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: –¡Aquí tienen a su rey! 15 Ellos comenzaron a gritar: –¡Mátalo! ¡Crucifícalo! Pilato insistió: –¿Cómo voy a crucificar a su rey? Pero los jefes de los sacerdotes contestaron: –Nuestro único rey es el emperador romano. 16 Entonces Pilato les entregó a Jesús para que lo crucificaran. Se hicieron, pues, cargo de Jesús 17 quien, llevando a hombros su propia cruz, salió de la ciudad hacia un lugar llamado «La Calavera» (que en la lengua de los judíos se dice «Gólgota»). 18 Allí lo crucificaron junto con otros dos, uno a cada lado de Jesús. 19 Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un letrero con esta inscripción: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos». 20 Leyeron el letrero muchos judíos, porque el lugar donde Jesús había sido crucificado estaba cerca de la ciudad, y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. 21 Los jefes de los sacerdotes se presentaron a Pilato y le dijeron: –No escribas: «El rey de los judíos», sino más bien: «Este hombre ha dicho: Yo soy el rey de los judíos». 22 Pero Pilato les contestó: –Lo que he escrito, escrito queda. Luke 231 Entonces se levantaron todos, llevaron a Jesús ante Pilato 2 y se pusieron a acusarlo diciendo: –Hemos encontrado a éste agitando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar impuestos al emperador y diciendo que él es el Mesías, el Rey. 3 Pilato le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: –Tú lo dices. 4 Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y a la gente: –No encuentro culpa alguna en este hombre. 5 Pero ellos insistían con más fuerza: –Va incitando al pueblo con su predicación por toda Judea, desde Galilea, donde empezó, hasta aquí. 6 Al oír esto, Pilato preguntó si Jesús era galileo. 7 Y al cerciorarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo envió, aprovechando que también Herodes estaba en Jerusalén por aquellos días. 8 Herodes se alegró mucho de ver a Jesús, pues desde hacía bastante tiempo que deseaba conocerlo, ya que había oído hablar mucho de él y esperaba presenciar algún milagro realizado por él. 9 Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió absolutamente nada. 10 Estaban también allí los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley acusándolo con insistencia. 11 Herodes, en compañía de sus soldados, lo despreció, se rió de él, le puso un vestido de color llamativo y se lo devolvió a Pilato. 12 Aquel día, Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes habían estado enemistados. 13 Pilato convocó a los jefes de los sacerdotes, a los dirigentes y al pueblo, 14 y les dijo: –Me han traído a este hombre acusándolo de alborotar al pueblo; lo he interrogado en presencia de ustedes y no lo he encontrado culpable de ninguna de las acusaciones que le hacen; 15 y tampoco Herodes, pues nos lo ha regresado aquí. Es evidente que no ha hecho nada que merezca la muerte. 16 Por tanto, después de castigarlo, lo soltaré. 18 Entonces empezaron a gritar todos a una: –¡Mata a éste y suéltanos a Barrabás! 19 El tal Barrabás estaba en la cárcel por haber tomado parte en una revuelta ocurrida en la ciudad y por un homicidio. 20 De nuevo Pilato intentó convencerlos de que debía soltar a Jesús. 21 Pero ellos gritaron: –¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! 22 Por tercera vez les dijo: –Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado nada en él que merezca la muerte. Por tanto, después de castigarlo, lo soltaré. 23 Pero ellos insistían a grandes voces, pidiendo que lo crucificara, y sus gritos se hacían cada vez más violentos. 24 Entonces Pilato decidió que se hiciera como pedían. 25 Soltó al que habían encarcelado a causa de la revuelta y el homicidio, es decir, al que habían pedido, y les entregó a Jesús para que hicieran con él lo que quisieran. Mark 151 Muy de madrugada, se reunieron a deliberar los jefes de los sacerdotes, junto con los ancianos, los maestros de la ley y todo el Consejo de Ancianos; luego condujeron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato. 2 Pilato le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: –Tú lo dices. 3 Los jefes de los sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 4 Pilato lo interrogó de nuevo diciendo: –¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. 5 Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se quedó extrañado. 6 Por la fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. 7 Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los revoltosos que habían cometido un asesinato en una rebelión. 8 Cuando llegó la gente, comenzó a pedir lo que solía concederles. 9 Pilato les preguntó: –¿Quieren que les suelte al rey de los judíos? 10 Pues sabía que los jefes de los sacerdotes habían entregado a Jesús por envidia. 11 Los jefes de los sacerdotes incitaron a la gente para que les soltara a Barrabás. 12 Pilato les preguntó otra vez: –¿Y qué quieren que haga con el que ustedes llaman rey de los judíos? 13 Ellos gritaron: –¡Crucifícalo! 14 Pilato les contestó: –Pues ¿qué ha hecho de malo? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: –¡Crucifícalo! 15 Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran y, después, lo crucificaran. 16 Los soldados lo llevaron al interior del palacio, o sea, al pretorio, y llamaron a toda la tropa. 17 Lo vistieron con un manto rojo y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron. 18 Después comenzaron a saludarlo, diciendo: –¡Salve, rey de los judíos! 19 Lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y, poniéndose de rodillas, le rendían homenaje. 20 Después de burlarse de él, le quitaron el manto rojo, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron para crucificarlo. 21 Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. 22 Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. 23 Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. 24 Después lo crucificaron y se repartieron su ropa, sorteándola, para ver qué se llevaba cada uno. 25 Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 26 Había un letrero en el que estaba escrita la causa de su condena: «El rey de los judíos». 27 Con Jesús crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. 29 Los que pasaban por allí lo insultaban, haciendo muecas y diciendo: –¡Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días! 30 ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz! 31 Y de la misma manera los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, se burlaban de él diciéndose unos a otros: –¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! 32 ¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos! Hasta los que habían sido crucificados junto con él lo insultaban. 33 Al llegar el mediodía, toda la región quedó a oscuras hasta las tres de la tarde. 34 A esa hora Jesús gritó con fuerte voz: –Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 35 Algunos de los presentes decían al oírlo: –¡Está llamando a Elías! 36 Uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola en una caña, le ofrecía de beber, diciendo: –Vamos a ver si viene Elías a descolgarlo. 37 Entonces Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró. 38 La cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo. 39 Y el oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: –Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. 40 Algunas mujeres contemplaban la escena desde lejos. Entre ellas María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, 41 que habían seguido a Jesús y lo habían asistido cuando estaba en Galilea. Había, además, otras muchas que habían subido con él a Jerusalén. 42 Al caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir, la víspera del sábado, 43 llegó José de Arimatea, que era miembro distinguido del Consejo de Ancianos y esperaba el reino de Dios, y tuvo el valor de presentarse a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. 44 Pilato se extrañó de que hubiera muerto tan pronto y, llamando al oficial romano, le preguntó si había muerto ya. 45 Informado por el oficial romano, entregó el cadáver a José. 46 Este compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana, lo puso en un sepulcro excavado en la roca y tapó la entrada del sepulcro con una piedra. 47 María Magdalena y María la madre de José observaban dónde lo ponían. Mark 151 Muy de madrugada, se reunieron a deliberar los jefes de los sacerdotes, junto con los ancianos, los maestros de la ley y todo el Consejo de Ancianos; luego condujeron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato. 2 Pilato le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: –Tú lo dices. 3 Los jefes de los sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 4 Pilato lo interrogó de nuevo diciendo: –¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. 5 Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se quedó extrañado. 6 Por la fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. 7 Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los revoltosos que habían cometido un asesinato en una rebelión. 8 Cuando llegó la gente, comenzó a pedir lo que solía concederles. 9 Pilato les preguntó: –¿Quieren que les suelte al rey de los judíos? 10 Pues sabía que los jefes de los sacerdotes habían entregado a Jesús por envidia. 11 Los jefes de los sacerdotes incitaron a la gente para que les soltara a Barrabás. 12 Pilato les preguntó otra vez: –¿Y qué quieren que haga con el que ustedes llaman rey de los judíos? 13 Ellos gritaron: –¡Crucifícalo! 14 Pilato les contestó: –Pues ¿qué ha hecho de malo? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: –¡Crucifícalo! 15 Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran y, después, lo crucificaran. Matthew 271 Cuando amaneció, todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tomaron la decisión de matar a Jesús. 2 Lo llevaron atado y lo entregaron a Pilato, el gobernador. 3 Mientras tanto, Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos 4 diciendo: –He pecado entregando a un inocente. Ellos contestaron: –¿A nosotros qué nos importa? Allá tú. 5 Entonces Judas, arrojando en el templo las monedas, se retiró, luego fue y se ahorcó. 6 Los jefes de los sacerdotes tomaron las monedas y dijeron: –No se pueden echar en el tesoro del templo, porque son precio de sangre. 7 Y después de deliberar, compraron con ellas el campo del alfarero para sepultura de los extranjeros. 8 Por eso, aquel campo se llama hasta hoy «Campo de sangre». 9 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata, precio que le pusieron los hijos de Israel, 10 y compraron el campo del alfarero, según lo que me mandó el Señor. 11 Jesús compareció ante el gobernador, y éste le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús respondió: –Tú lo dices. 12 Pero no respondió nada a las acusaciones que le hacían los jefes de los sacerdotes y los ancianos. 13 Entonces Pilato le preguntó: –¿No oyes todo lo que dicen contra ti? 14 Pero él no le respondió nada, de suerte que el gobernador se quedó muy extrañado. 15 Por la fiesta, solía el gobernador conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. 16 Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. 17 Así que, viéndolos reunidos, les preguntó Pilato: –¿A quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías? 18 Pues se daba cuenta de que lo habían entregado por envidia. 19 Estaba aún sentado en el tribunal cuando su mujer envió este mensaje: –No te metas con ese justo, porque esta noche he tenido pesadillas horribles por su causa. 20 Los jefes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la gente para que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. 21 El gobernador volvió a preguntarles: –¿A quién de los dos quieren que les suelte? Respondieron ellos: –A Barrabás. 22 Pilato preguntó de nuevo: –¿Y qué hago entonces con Jesús, el llamado Mesías? Respondieron todos: –¡Crucifícalo! 23 El les dijo: –Pues, ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: –¡Crucifícalo! 24 Viendo Pilato que no conseguía nada, sino que la gente se amotinaba cada vez más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: –No me hago responsable de esta muerte; allá ustedes. 25 Todo el pueblo respondió: –¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de esta muerte! 26 Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que fuera crucificado. 27 Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la tropa. 28 Lo desnudaron y le echaron por encima un manto de color rojo; 29 trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y una caña en su mano derecha; luego se arrodillaban ante él y se burlaban, diciendo: –¡Salve, rey de los judíos! 30 Le escupían, le quitaban la caña y lo golpeaban con ella en la cabeza. 31 Después de burlarse de él, le quitaron el manto, lo vistieron con sus ropas, y lo llevaron para crucificarlo. 32 Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. 33 Al llegar al lugar llamado Gólgota, es decir, lugar de la Calavera, 34 dieron a Jesús vino mezclado con hiel para que lo bebiera, pero, después de probarlo, no quiso beberlo. 35 Los que lo crucificaron se sortearon su ropa y se la repartieron. 36 Y se sentaron allí para custodiarlo. 37 Sobre su cabeza pusieron un letrero con la causa de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». 38 Al mismo tiempo crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. 39 Los que pasaban por allí lo insultaban haciendo muecas 40 y diciendo: –Tú, que destruías el templo y lo construías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. 41 Y de la misma manera los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos, se burlaban de él diciendo: 42 –A otros salvó, y a sí mismo no puede salvarse. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha puesto su confianza en Dios; que lo libre ahora, si es que lo quiere, ya que decía: «Soy Hijo de Dios». 44 Hasta los bandidos que habían sido crucificados junto con él lo insultaban. 45 Desde el mediodía, toda la región se cubrió de tinieblas hasta las tres de la tarde. 46 A esa hora Jesús gritó con fuerte voz: –Elí, Elí. ¿lemá sabaktani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 47 Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: –Está llamando a Elías. 48 En seguida, uno de ellos fue corriendo en busca de una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola en una caña, le ofrecía de beber. 49 Los otros decían: –Vamos a ver si viene Elías a salvarlo. 50 Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, entregó su espíritu. 51 Entonces, la cortina del templo se rasgó en dos partes de arriba abajo; la tierra tembló y las piedras se resquebrajaron; 52 se abrieron los sepulcros y muchos santos que habían muerto resucitaron, 53 salieron de los sepulcros y, después de que Jesús resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. 54 El oficial romano, y los que estaban con él custodiando a Jesús, al sentir el terremoto y ver todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y decían: –Verdaderamente éste era Hijo de Dios. 55 Muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para asistirlo, estaban allí y contemplaban la escena desde lejos. 56 Entre ellas, estaban María Magdalena y María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los Zebedeos. 57 Al caer la tarde, llegó un hombre rico, llamado José, originario de Arimatea, que también se había hecho discípulo de Jesús. 58 Este José se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato mandó que se lo entregaran. 59 José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia 60 y lo puso en un sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca. Tapó la entrada del sepulcro con una gran piedra y se fue. 61 María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente al sepulcro. 62 Al día siguiente, es decir, el día después de la preparación de la pascua, los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato 63 y le dijeron: –Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: «A los tres días resucitaré». 64 Así que manda asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, roben su cuerpo y digan al pueblo que ha resucitado de entre los muertos, y este último engaño sea peor que el primero. 65 Pilato les respondió: –Ahí tienen la guardia; vayan y asegúrenlo como ustedes saben hacer. 66 Ellos fueron, aseguraron el sepulcro y sellaron la piedra dejando allí la guardia. Matthew 271 Cuando amaneció, todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tomaron la decisión de matar a Jesús. 2 Lo llevaron atado y lo entregaron a Pilato, el gobernador. 3 Mientras tanto, Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos 4 diciendo: –He pecado entregando a un inocente. Ellos contestaron: –¿A nosotros qué nos importa? Allá tú. 5 Entonces Judas, arrojando en el templo las monedas, se retiró, luego fue y se ahorcó. 6 Los jefes de los sacerdotes tomaron las monedas y dijeron: –No se pueden echar en el tesoro del templo, porque son precio de sangre. 7 Y después de deliberar, compraron con ellas el campo del alfarero para sepultura de los extranjeros. 8 Por eso, aquel campo se llama hasta hoy «Campo de sangre». 9 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata, precio que le pusieron los hijos de Israel, 10 y compraron el campo del alfarero, según lo que me mandó el Señor. 11 Jesús compareció ante el gobernador, y éste le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús respondió: –Tú lo dices. 12 Pero no respondió nada a las acusaciones que le hacían los jefes de los sacerdotes y los ancianos. 13 Entonces Pilato le preguntó: –¿No oyes todo lo que dicen contra ti? 14 Pero él no le respondió nada, de suerte que el gobernador se quedó muy extrañado. 15 Por la fiesta, solía el gobernador conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. 16 Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. 17 Así que, viéndolos reunidos, les preguntó Pilato: –¿A quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías? 18 Pues se daba cuenta de que lo habían entregado por envidia. 19 Estaba aún sentado en el tribunal cuando su mujer envió este mensaje: –No te metas con ese justo, porque esta noche he tenido pesadillas horribles por su causa. 20 Los jefes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la gente para que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. 21 El gobernador volvió a preguntarles: –¿A quién de los dos quieren que les suelte? Respondieron ellos: –A Barrabás. 22 Pilato preguntó de nuevo: –¿Y qué hago entonces con Jesús, el llamado Mesías? Respondieron todos: –¡Crucifícalo! 23 El les dijo: –Pues, ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: –¡Crucifícalo! 24 Viendo Pilato que no conseguía nada, sino que la gente se amotinaba cada vez más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: –No me hago responsable de esta muerte; allá ustedes. 25 Todo el pueblo respondió: –¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de esta muerte! 26 Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que fuera crucificado. |