Jesús en el juicio
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| Escrituras | Luke 231 Entonces se levantaron todos, llevaron a Jesús ante Pilato 2 y se pusieron a acusarlo diciendo: –Hemos encontrado a éste agitando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar impuestos al emperador y diciendo que él es el Mesías, el Rey. 3 Pilato le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: –Tú lo dices. 4 Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y a la gente: –No encuentro culpa alguna en este hombre. 5 Pero ellos insistían con más fuerza: –Va incitando al pueblo con su predicación por toda Judea, desde Galilea, donde empezó, hasta aquí. 6 Al oír esto, Pilato preguntó si Jesús era galileo. 7 Y al cerciorarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo envió, aprovechando que también Herodes estaba en Jerusalén por aquellos días. 8 Herodes se alegró mucho de ver a Jesús, pues desde hacía bastante tiempo que deseaba conocerlo, ya que había oído hablar mucho de él y esperaba presenciar algún milagro realizado por él. 9 Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió absolutamente nada. 10 Estaban también allí los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley acusándolo con insistencia. 11 Herodes, en compañía de sus soldados, lo despreció, se rió de él, le puso un vestido de color llamativo y se lo devolvió a Pilato. 12 Aquel día, Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes habían estado enemistados. 13 Pilato convocó a los jefes de los sacerdotes, a los dirigentes y al pueblo, 14 y les dijo: –Me han traído a este hombre acusándolo de alborotar al pueblo; lo he interrogado en presencia de ustedes y no lo he encontrado culpable de ninguna de las acusaciones que le hacen; 15 y tampoco Herodes, pues nos lo ha regresado aquí. Es evidente que no ha hecho nada que merezca la muerte. 16 Por tanto, después de castigarlo, lo soltaré. 18 Entonces empezaron a gritar todos a una: –¡Mata a éste y suéltanos a Barrabás! 19 El tal Barrabás estaba en la cárcel por haber tomado parte en una revuelta ocurrida en la ciudad y por un homicidio. 20 De nuevo Pilato intentó convencerlos de que debía soltar a Jesús. 21 Pero ellos gritaron: –¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! 22 Por tercera vez les dijo: –Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado nada en él que merezca la muerte. Por tanto, después de castigarlo, lo soltaré. 23 Pero ellos insistían a grandes voces, pidiendo que lo crucificara, y sus gritos se hacían cada vez más violentos. 24 Entonces Pilato decidió que se hiciera como pedían. 25 Soltó al que habían encarcelado a causa de la revuelta y el homicidio, es decir, al que habían pedido, y les entregó a Jesús para que hicieran con él lo que quisieran. 26 Cuando lo llevaban para crucificarlo, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. 27 Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. 28 Jesús se dirigió a ellas y les dijo: –Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. 29 Porque vendrán días en que se dirá: Dichosas las estériles, los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron. 30 Entonces se pondrán a decir a las montañas: «Caigan sobre nosotras»; y a las colinas: «¡Aplástennos!». 31 Porque si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco? 32 Llevaban también con él a otros dos malhechores para ejecutarlos. 33 Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, crucificaron allí a Jesús y también a los malhechores, uno a derecha y otro a la izquierda. 34 Jesús decía: –Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Después sortearon su ropa y se la repartieron. 35 El pueblo estaba allí mirando. Las autoridades, por su parte, se burlaban de Jesús y comentaban: –A otros ha salvado, ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el elegido! 36 También los soldados se burlaban. Se acercaban a él para darle vinagre 37 y decían: –Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. 38 Habían puesto sobre su cabeza una inscripción, que decía: «Este es el rey de los judíos». 39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: –¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros. 40 Pero el otro intervino para reprenderlo, diciendo: –¿Ni siquiera temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? 41 Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo. 42 Y añadió: –Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey. 43 Jesús le dijo: –Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso. 44 Hacia el mediodía las tinieblas cubrieron toda la región hasta las tres de la tarde. 45 El sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. 46 Entonces Jesús lanzó un grito y dijo: –Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto, expiró. 47 El oficial romano, viendo lo sucedido, alababa a Dios diciendo: –Verdaderamente este hombre era justo. 48 Y toda la gente que había acudido al espectáculo, después de ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. 49 Todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, estaban allí presenciando todo esto desde lejos. 50 Había un hombre llamado José, que era bueno y justo. Era miembro del Consejo de Ancianos, 51 pero no había aprobado la decisión y el proceder de los judíos. Era natural de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el reino de Dios. 52 Este José se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. 53 Después de bajarlo, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido sepultado todavía. 54 Era el día de la preparación de la pascua y estaba comenzando el sábado. 55 Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea, lo iban observando todo de cerca y se fijaron en el sepulcro y en el modo en que habían colocado el cadáver. 56 Luego regresaron y prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado descansaron, según el precepto. Mark 141 Faltaban dos días para la fiesta de la pascua y de los panes sin levadura. Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley andaban buscando el modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte, 2 pero decían: –Durante la fiesta no; no sea que el pueblo se amotine. 3 Estaba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, cuando llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús. 4 Algunos, indignados, comentaban entre sí: –¿A qué se debe semejante derroche de perfume? 5 Podía haberse vendido este perfume a un precio muy alto y haber dado el dinero a los pobres. Y la criticaban. 6 Pero Jesús les dijo: –Déjenla. ¿Por qué la apenan? Ha hecho conmigo una buena obra. 7 A los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. 8 Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. 9 Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho. 10 Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a hablar con los jefes de los sacerdotes para entregarles a Jesús. 11 Ellos se alegraron al oírlo, y prometieron darle dinero. Por eso buscaba cuál sería el momento oportuno para entregarlo. 12 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero pascual, sus discípulos preguntaron a Jesús: –¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de pascua? 13 Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: –Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, 14 y allí donde entre digan al dueño: El Maestro dice: «¿Dónde está mi sala, en la que voy a celebrar la cena de pascua con mis discípulos?» 15 El les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Preparen todo allí para nosotros. 16 Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, encontraron todo tal como Jesús les dijo y prepararon la cena de pascua. 17 Al atardecer llegó Jesús con los Doce. 18 Y una vez que se acomodaron, mientras cenaban, dijo Jesús: –Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que está cenando conmigo. 19 Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: –¿Acaso soy yo? 20 El les contestó: –Uno de los Doce, uno que está comiendo conmigo en el mismo plato. 21 El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquél que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido! 22 Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo: –Tomen, esto es mi cuerpo. 23 Tomó luego un cáliz, pronunció la acción de gracias, lo dio a sus discípulos y bebieron todos de él. 24 Y les dijo: –Esta es mi sangre, la sangre de la alianza derramada por todos. 25 Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios. 26 Después de cantar los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. 27 Jesús les dijo: –Todos me abandonarán, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. 28 Pero después de resucitar, me encontraré de nuevo con ustedes en Galilea. 29 Pedro le respondió: –Aunque todos te abandonen, yo no. 30 Jesús le contestó: –Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres. 31 Pedro insistió: –Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Y todos decían lo mismo. 32 Cuando llegaron a un lugar llamado Getsemaní, dijo Jesús a sus discípulos: –Siéntense aquí, mientras yo voy a orar. 33 Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a sentir miedo y angustia, 34 y les dijo: –Me muero de tristeza. Quédense aquí y velen. 35 Y avanzando un poco más, se postró en tierra y suplicaba que, si era posible, no tuviera que pasar por aquel momento. 36 Decía: –¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú. 37 Regresó y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: –Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar ni siquiera una hora? 38 Velen y oren para que puedan hacer frente a la prueba; pues el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil. 39 Se alejó de nuevo y oró repitiendo lo mismo. 40 Regresó y de nuevo los encontró dormidos, pues sus ojos se cerraban de sueño. Ellos no sabían qué responderle. 41 Regresó por tercera vez y les dijo: –¿Todavía están durmiendo y descansando? ¡Basta ya! Ha llegado la hora. Miren, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 42 ¡Vamos! ¡Levántense! Ya está aquí el que me va a entregar. 43 Aún estaba hablando Jesús, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él un tumulto de gente con espadas y palos, enviados por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos. 44 El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo bien custodiado». 45 En cuanto llegó, se acercó a Jesús y le dijo: –¡Maestro! Y lo besó. 46 Ellos se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. 47 Uno de los presentes sacó la espada y cortó de un golpe la oreja al criado del sumo sacerdote. 48 Jesús tomó la palabra y les dijo: –Han salido a detenerme con espadas y palos, como si fuera un bandido. 49 A diario estaba con ustedes enseñando en el templo, y no me arrestaron. Pero es necesario que se cumplan las Escrituras. 50 Entonces todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron. 51 Un joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo con una sábana. Lo detuvieron, 52 pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo. 53 Llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote y se reunieron todos los jefes de los sacerdotes, los ancianos y los maestros de la ley. 54 Pedro lo siguió de lejos hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se quedó sentado con los guardias, calentándose junto al fuego. 55 Los jefes de los sacerdotes y todo el Consejo de Ancianos buscaban una acusación contra Jesús para darle muerte, pero no la encontraban. 56 Pues aunque muchos testimoniaban en falso contra él, los testimonios no coincidían. 57 Algunos comparecieron y dieron contra él este falso testimonio: 58 –Nosotros lo hemos oído decir: «Yo destruiré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres». 59 Pero ni siquiera en esto concordaba su testimonio. 60 Entonces el sumo sacerdote tomó la palabra en medio de todos y preguntó a Jesús: –¿No respondes nada? ¿De qué te acusan éstos? 61 Pero Jesús callaba y no respondía nada. El sumo sacerdote siguió preguntándole: –¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? 62 Jesús contestó: –Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo. 63 El sumo sacerdote rasgándose las vestiduras, dijo: –¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? 64 Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos juzgaron que merecía la muerte. 65 Algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole la cara, le daban bofetadas y le decían: –¡Adivina! Y también los guardias lo golpeaban. 66 Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las criadas del sumo sacerdote. 67 Al ver a Pedro calentándose junto al fuego, se quedó mirándolo y le dijo: –También tú andabas con Jesús, el de Nazaret. 68 Pedro lo negó diciendo: –No sé ni entiendo de qué hablas. Salió a la puerta de la casa, y cantó un gallo. 69 Lo vio de nuevo la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí: –Este es uno de ellos. 70 Pedro lo negó de nuevo. Poco después también los otros dijeron a Pedro: –No hay duda. Tú eres uno de ellos, pues eres galileo. 71 El comenzó entonces a maldecir y a jurar: –Yo no conozco a ese hombre del que me hablan. 72 En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro se acordó de lo que le había dicho Jesús: «Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres», y se puso a llorar. Mark 151 Muy de madrugada, se reunieron a deliberar los jefes de los sacerdotes, junto con los ancianos, los maestros de la ley y todo el Consejo de Ancianos; luego condujeron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato. 2 Pilato le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: –Tú lo dices. 3 Los jefes de los sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 4 Pilato lo interrogó de nuevo diciendo: –¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. 5 Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se quedó extrañado. 6 Por la fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. 7 Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los revoltosos que habían cometido un asesinato en una rebelión. 8 Cuando llegó la gente, comenzó a pedir lo que solía concederles. 9 Pilato les preguntó: –¿Quieren que les suelte al rey de los judíos? 10 Pues sabía que los jefes de los sacerdotes habían entregado a Jesús por envidia. 11 Los jefes de los sacerdotes incitaron a la gente para que les soltara a Barrabás. 12 Pilato les preguntó otra vez: –¿Y qué quieren que haga con el que ustedes llaman rey de los judíos? 13 Ellos gritaron: –¡Crucifícalo! 14 Pilato les contestó: –Pues ¿qué ha hecho de malo? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: –¡Crucifícalo! 15 Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran y, después, lo crucificaran. 16 Los soldados lo llevaron al interior del palacio, o sea, al pretorio, y llamaron a toda la tropa. 17 Lo vistieron con un manto rojo y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron. 18 Después comenzaron a saludarlo, diciendo: –¡Salve, rey de los judíos! 19 Lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y, poniéndose de rodillas, le rendían homenaje. 20 Después de burlarse de él, le quitaron el manto rojo, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron para crucificarlo. 21 Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. 22 Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. 23 Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. 24 Después lo crucificaron y se repartieron su ropa, sorteándola, para ver qué se llevaba cada uno. 25 Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 26 Había un letrero en el que estaba escrita la causa de su condena: «El rey de los judíos». 27 Con Jesús crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. 29 Los que pasaban por allí lo insultaban, haciendo muecas y diciendo: –¡Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días! 30 ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz! 31 Y de la misma manera los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, se burlaban de él diciéndose unos a otros: –¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! 32 ¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos! Hasta los que habían sido crucificados junto con él lo insultaban. 33 Al llegar el mediodía, toda la región quedó a oscuras hasta las tres de la tarde. 34 A esa hora Jesús gritó con fuerte voz: –Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 35 Algunos de los presentes decían al oírlo: –¡Está llamando a Elías! 36 Uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola en una caña, le ofrecía de beber, diciendo: –Vamos a ver si viene Elías a descolgarlo. 37 Entonces Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró. 38 La cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo. 39 Y el oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: –Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. 40 Algunas mujeres contemplaban la escena desde lejos. Entre ellas María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, 41 que habían seguido a Jesús y lo habían asistido cuando estaba en Galilea. Había, además, otras muchas que habían subido con él a Jerusalén. 42 Al caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir, la víspera del sábado, 43 llegó José de Arimatea, que era miembro distinguido del Consejo de Ancianos y esperaba el reino de Dios, y tuvo el valor de presentarse a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. 44 Pilato se extrañó de que hubiera muerto tan pronto y, llamando al oficial romano, le preguntó si había muerto ya. 45 Informado por el oficial romano, entregó el cadáver a José. 46 Este compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana, lo puso en un sepulcro excavado en la roca y tapó la entrada del sepulcro con una piedra. 47 María Magdalena y María la madre de José observaban dónde lo ponían. Matthew 261 Cuando terminó Jesús todos estos discursos, dijo a sus discípulos: 2 –Ya saben que dentro de dos días se celebra la fiesta de la pascua, y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen. 3 Entonces se reunieron los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio de Caifás, que era el sumo sacerdote, 4 y acordaron en consejo arrestar a Jesús con engaño y darle muerte. 5 Pero decían: «Durante la fiesta no, pues podría amotinarse el pueblo». 6 Se encontraba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, 7 cuando se acercó a él una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy caro, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús mientras estaba sentado a la mesa. 8 Al ver esto, los discípulos se indignaron y decían: –¿A qué se debe semejante derroche? 9 Podía haberse vendido en un buen precio y haber dado el dinero a los pobres. 10 Jesús se dio cuenta y les dijo: –¿Por qué apenan a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo. 11 A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre. 12 Y al derramar ella este perfume sobre mi cuerpo, se ha anticipado a preparar mi sepultura. 13 Les aseguro que en cualquier parte del mundo en que se anuncie esta buena noticia, será recordada esta mujer y lo que ha hecho. 14 Entonces uno de los Doce, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes, y 15 les dijo: –¿Qué me dan si les entrego a Jesús? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. 16 Y desde ese momento buscaba una oportunidad para entregarlo. 17 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: –¿Dónde quieres que te preparemos la cena de pascua? 18 El contestó: –Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: «El maestro dice: Se acerca el momento, y quiero celebrar la pascua en tu casa con mis discípulos». 19 Ellos hicieron lo que Jesús les había mandado y prepararon la cena de pascua. 20 Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce, 21 y mientras cenaban les dijo: –Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar. 22 Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: –¿Acaso soy yo, Señor? 23 Jesús respondió: –El que come en el mismo plato que yo, ése me entregará. 24 El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él; pero ¡ay de aquél que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido! 25 Entonces preguntó Judas, el traidor: –¿Soy yo acaso, maestro? Y Jesús le respondió: –Tú lo has dicho. 26 Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y dándolo a sus discípulos, dijo: –Tomen y coman; esto es mi cuerpo. 27 Tomó luego un cáliz y, después de dar gracias, lo dio a los discípulos diciendo: –Beban todos de él, 28 porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. 29 Les digo que a partir de ahora no beberé más de este fruto de la vid hasta el día aquel en que beba con ustedes un vino nuevo en el reino de mi Padre. 30 Y después de cantar los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. 31 Entonces Jesús les dijo: –Esta noche seré ocasión de tropiezo para todos ustedes, porque está escrito: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. 32 Pero después de resucitar, me encontraré de nuevo con ustedes en Galilea. 33 Pedro le respondió: –Aunque seas ocasión de tropiezo para todos, no lo serás para mí. 34 Jesús le dijo: –Te aseguro que esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces. 35 Pedro le contestó: –Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Y lo mismo dijeron todos los discípulos. 36 Entonces fue Jesús con sus discípulos a un huerto llamado Getsemaní, y les dijo: –Siéntense aquí mientras voy a orar un poco más allá. 37 Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo; comenzó a sentir tristeza y angustia, 38 y les dijo: –Me muero de tristeza, quédense aquí y velen conmigo. 39 Después, avanzando un poco más, cayó rostro en tierra y suplicaba así: –Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz de amargura; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú. 40 Regresó junto a los discípulos y los encontró dormidos. Entonces dijo a Pedro: –¿De modo que no han podido velar conmigo ni siquiera una hora? 41 Velen y oren, para que puedan afrontar la prueba; pues el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil. 42 Se alejó de nuevo por segunda vez y volvió a orar así: –Padre mío, si no es posible evitar que yo beba este cáliz de amargura, hágase tu voluntad. 43 Regresó y volvió a encontrarlos dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. 44 Los dejó y volvió a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. 45 Entonces regresó donde estaban los discípulos y les dijo: –¿Todavía están durmiendo y descansando? Ha llegado la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 46 Vamos, levántense. Ya está aquí el que me va a entregar. 47 Aún estaba hablando Jesús cuando llegó Judas, uno de los Doce, y con él un gran tumulto de gente con espadas y palos, enviados por los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. 48 El traidor les había dado esta señal: «Al que yo bese, ése es; arréstenlo». 49 En cuanto llegó, se acercó a Jesús y le dijo: –¡Qué tal, maestro! Y lo besó. 50 Jesús le dijo: –Amigo, ¡a lo que has venido! Entonces, se abalanzaron sobre Jesús, lo agarraron y lo arrestaron. 51 Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada y, dando un golpe al criado del sumo sacerdote, le cortó una oreja. 52 Jesús le dijo: –Guarda tu espada, que todo el que pelea con espada, a espada morirá. 53 ¿O crees que no puedo acudir a mi Padre, que pondría en seguida a mi disposición más de doce legiones de ángeles? 54 Pero, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así? 55 Luego se dirigió a la gente y dijo: –Han salido a detenerme con espadas y palos como si fuera un bandido. A diario me sentaba en el templo para enseñar, y no me arrestaron. 56 Pero todo esto ha ocurrido para que se cumpla lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. 57 Los que arrestaron a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los maestros de la ley y los ancianos. 58 Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote; entró y se sentó con los criados para ver cómo terminaba todo. 59 Los jefes de los sacerdotes y todo el Consejo de Ancianos buscaban una acusación falsa contra Jesús con intención de darle muerte. 60 Pero no la encontraron, a pesar de que se presentaron muchos testigos falsos. Al fin se presentaron dos, 61 que declararon: –Este ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios, y reconstruirlo en tres días». 62 Entonces el sumo sacerdote tomó la palabra y le preguntó: –¿No respondes nada? ¿De qué te acusan éstos? 63 Pero Jesús callaba. El sumo sacerdote le dijo: –Te conjuro por Dios vivo; dinos si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. 64 Jesús le respondió: –Tú lo has dicho; y además les digo que a partir de ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y que viene sobre las nubes del cielo. 65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y dijo: –¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. 66 ¿Qué les parece? Ellos respondieron: –Merece la muerte. 67 Entonces se pusieron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas; otros lo golpeaban, 68 diciendo: –Mesías, adivina quién te ha golpeado. 69 Pedro estaba afuera, sentado en el patio. Se le acercó una criada y le dijo: –Tú también estabas con Jesús, el Galileo. 70 Pero él lo negó ante todos, diciendo: –No sé de qué me hablas. 71 Salió después al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí: –Este andaba con Jesús de Nazaret. 72 Y por segunda vez negó con juramento: –Yo no conozco a ese hombre. 73 Poco después se acercaron a Pedro los que estaban allí y le dijeron: –No hay duda de que tú eres uno de ellos; se nota en tu acento. 74 Entonces él se puso a maldecir y a jurar: –¡No conozco a ese hombre! Inmediatamente cantó un gallo. 75 Pedro recordó lo que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente. Matthew 271 Cuando amaneció, todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tomaron la decisión de matar a Jesús. 2 Lo llevaron atado y lo entregaron a Pilato, el gobernador. 3 Mientras tanto, Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos 4 diciendo: –He pecado entregando a un inocente. Ellos contestaron: –¿A nosotros qué nos importa? Allá tú. 5 Entonces Judas, arrojando en el templo las monedas, se retiró, luego fue y se ahorcó. 6 Los jefes de los sacerdotes tomaron las monedas y dijeron: –No se pueden echar en el tesoro del templo, porque son precio de sangre. 7 Y después de deliberar, compraron con ellas el campo del alfarero para sepultura de los extranjeros. 8 Por eso, aquel campo se llama hasta hoy «Campo de sangre». 9 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata, precio que le pusieron los hijos de Israel, 10 y compraron el campo del alfarero, según lo que me mandó el Señor. 11 Jesús compareció ante el gobernador, y éste le preguntó: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús respondió: –Tú lo dices. 12 Pero no respondió nada a las acusaciones que le hacían los jefes de los sacerdotes y los ancianos. 13 Entonces Pilato le preguntó: –¿No oyes todo lo que dicen contra ti? 14 Pero él no le respondió nada, de suerte que el gobernador se quedó muy extrañado. 15 Por la fiesta, solía el gobernador conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. 16 Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. 17 Así que, viéndolos reunidos, les preguntó Pilato: –¿A quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías? 18 Pues se daba cuenta de que lo habían entregado por envidia. 19 Estaba aún sentado en el tribunal cuando su mujer envió este mensaje: –No te metas con ese justo, porque esta noche he tenido pesadillas horribles por su causa. 20 Los jefes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la gente para que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. 21 El gobernador volvió a preguntarles: –¿A quién de los dos quieren que les suelte? Respondieron ellos: –A Barrabás. 22 Pilato preguntó de nuevo: –¿Y qué hago entonces con Jesús, el llamado Mesías? Respondieron todos: –¡Crucifícalo! 23 El les dijo: –Pues, ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: –¡Crucifícalo! 24 Viendo Pilato que no conseguía nada, sino que la gente se amotinaba cada vez más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: –No me hago responsable de esta muerte; allá ustedes. 25 Todo el pueblo respondió: –¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de esta muerte! 26 Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que fuera crucificado. 27 Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la tropa. 28 Lo desnudaron y le echaron por encima un manto de color rojo; 29 trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y una caña en su mano derecha; luego se arrodillaban ante él y se burlaban, diciendo: –¡Salve, rey de los judíos! 30 Le escupían, le quitaban la caña y lo golpeaban con ella en la cabeza. 31 Después de burlarse de él, le quitaron el manto, lo vistieron con sus ropas, y lo llevaron para crucificarlo. 32 Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. 33 Al llegar al lugar llamado Gólgota, es decir, lugar de la Calavera, 34 dieron a Jesús vino mezclado con hiel para que lo bebiera, pero, después de probarlo, no quiso beberlo. 35 Los que lo crucificaron se sortearon su ropa y se la repartieron. 36 Y se sentaron allí para custodiarlo. 37 Sobre su cabeza pusieron un letrero con la causa de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». 38 Al mismo tiempo crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. 39 Los que pasaban por allí lo insultaban haciendo muecas 40 y diciendo: –Tú, que destruías el templo y lo construías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. 41 Y de la misma manera los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos, se burlaban de él diciendo: 42 –A otros salvó, y a sí mismo no puede salvarse. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha puesto su confianza en Dios; que lo libre ahora, si es que lo quiere, ya que decía: «Soy Hijo de Dios». 44 Hasta los bandidos que habían sido crucificados junto con él lo insultaban. 45 Desde el mediodía, toda la región se cubrió de tinieblas hasta las tres de la tarde. 46 A esa hora Jesús gritó con fuerte voz: –Elí, Elí. ¿lemá sabaktani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 47 Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: –Está llamando a Elías. 48 En seguida, uno de ellos fue corriendo en busca de una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola en una caña, le ofrecía de beber. 49 Los otros decían: –Vamos a ver si viene Elías a salvarlo. 50 Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, entregó su espíritu. 51 Entonces, la cortina del templo se rasgó en dos partes de arriba abajo; la tierra tembló y las piedras se resquebrajaron; 52 se abrieron los sepulcros y muchos santos que habían muerto resucitaron, 53 salieron de los sepulcros y, después de que Jesús resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. 54 El oficial romano, y los que estaban con él custodiando a Jesús, al sentir el terremoto y ver todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y decían: –Verdaderamente éste era Hijo de Dios. 55 Muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para asistirlo, estaban allí y contemplaban la escena desde lejos. 56 Entre ellas, estaban María Magdalena y María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los Zebedeos. 57 Al caer la tarde, llegó un hombre rico, llamado José, originario de Arimatea, que también se había hecho discípulo de Jesús. 58 Este José se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato mandó que se lo entregaran. 59 José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia 60 y lo puso en un sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca. Tapó la entrada del sepulcro con una gran piedra y se fue. 61 María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente al sepulcro. 62 Al día siguiente, es decir, el día después de la preparación de la pascua, los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato 63 y le dijeron: –Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: «A los tres días resucitaré». 64 Así que manda asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, roben su cuerpo y digan al pueblo que ha resucitado de entre los muertos, y este último engaño sea peor que el primero. 65 Pilato les respondió: –Ahí tienen la guardia; vayan y asegúrenlo como ustedes saben hacer. 66 Ellos fueron, aseguraron el sepulcro y sellaron la piedra dejando allí la guardia. |








