8 Entonces algunos caldeos acudieron al rey Nabucodonosor para denunciar a los judíos9 y le dijeron: –¡Qué el rey viva para siempre!10 Tú, oh rey, has decretado que al oír el sonido de la trompeta, de la flauta, de la cítara, de la mandolina, del arpa, de la zampoña, y demás instrumentos musicales, todo hombre se postre y adore la estatua de oro;11 si no lo hace así, será arrojado a un horno de fuego ardiente.12 Pues bien, oh rey, hay unos judíos, a quienes confiaste la administración de la provincia de Babilonia, a saber, Sidrac, Misac y Abdénago, que no te respetan; no sirven a tu dios ni adoran la estatua de oro que has mandado fabricar.13 Entonces Nabucodonosor, terriblemente enfurecido, mandó traer a Sidrac, Misac y Abdénago, los cuales fueron llevados a la presencia del rey.14 Nabucodonosor les preguntó: –¿Es cierto Sidrac, Misac y Abdénago que no veneran a mis dioses ni adoran la estatua de oro que yo he mandado fabricar?15 ¿Están o no dispuestos, en cuanto oigan el sonido de la trompeta, de la flauta, de la cítara, de la mandolina, del arpa, de la zampoña, y demás instrumentos musicales, a postrarse y adorar la estatua que he mandado fabricar? Si no la adoran, serán inmediatamente arrojados a un horno de fuego ardiente, y ¿qué dios podrá librarlos de mi poder?16 Respondieron Sidrac, Misac y Abdénago a Nabucodonosor, diciendo: –Oh rey, no tenemos necesidad de responderte sobre este asunto.17 Si nuestro Dios, a quien damos culto, puede librarnos del horno de fuego ardiente y de tu poder, nos librará.18 Y aunque no lo hiciera, debes saber, oh rey, que no serviremos a tu dios ni nos postraremos ante la estatua de oro que has mandado fabricar.