1 En el mes de Nisán del año vigésimo del reinado de Artajerjes, tomé el vino, y se lo serví al rey en mi calidad de copero. Como nunca anteriormente había estado triste en su presencia,2 el rey me preguntó: –¿Por qué ese semblante tan triste? Ya que no estás enfermo, tiene que ser una aflicción del corazón. Muy turbado,3 dije al rey: –Viva eternamente el rey. ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante cuando la ciudad que guarda las tumbas de mis antepasados está destruida y sus puertas quemadas?4 Me preguntó el rey: –¿Qué es lo que quieres? Entonces yo, encomendándome al Dios del cielo,5 le dije: –Si le parece bien al rey, y está contento de su siervo, le ruego que me permita ir a Judá para reconstruir la ciudad de las tumbas de mis antepasados.6 El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me preguntó: –¿Cuánto durará tu viaje y para cuándo piensas regresar aquí? Yo le indiqué una fecha que le pareció bien, y me autorizó a realizar el viaje.