Volviendo de la cautividad
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| Escrituras | 2 Chronicles 51 Cuando el rey Salomón terminó la obra realizada en el templo del Señor, llevó allí todos los objetos que su padre David había consagrado: la plata, el oro y los utensilios, y los depositó en el tesoro del templo de Dios. 2 Entonces Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel, a todos los jefes de tribu y de familia de los israelitas para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David, es decir, Sión. 3 Todos los israelitas se reunieron en torno al rey Salomón el mes séptimo con motivo de la fiesta. 4 Cuando llegaron los ancianos de Israel, los levitas cargaron con el arca, 5 y la subieron junto con la tienda del encuentro y todos los utensilios sagrados que había en ella; la subieron los sacerdotes levitas. 6 El rey Salomón y toda la asamblea de Israel con él, inmolaron ante el arca ovejas y toros en gran cantidad. 7 Los sacerdotes dejaron el arca de la alianza del Señor en su lugar, en el camarín del templo, es decir en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines. 8 Los querubines tenían las alas extendidas sobre el lugar donde se encontraba el arca, cubriendo el arca y sus varas. 9 Estas eran tan largas que se podían ver sus puntas desde el lugar santo, que está frente al lugar santísimo, pero no desde fuera. Allí están hasta hoy. 10 En el arca no había más que dos tablas de piedra, depositadas allí por Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto. 11 Cuando los sacerdotes salían del lugar santo (todos los sacerdotes presentes se habían purificado sin tener en cuenta los turnos correspondientes), 12 todo el coro de levitas cantores –Asaf, Hemán y Yedutún con sus hijos y familiares–, vestidos con túnicas de lino, hacían sonar los címbalos, las arpas y las cítaras, puestos de pie en la parte oriental del altar. 13 Entonces los trompeteros y cantores juntos se pusieron a alabar y celebrar al unísono al Señor. Y, cuando al son de las trompetas, címbalos y demás instrumentos musicales, alababan al Señor: «porque es bueno, porque es eterno su amor», una nube llenó el templo del Señor, 14 de modo que los sacerdotes no podían oficiar a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo de Dios. Ezekiel 31 Y me dijo: –Hijo de hombre, come este libro y ve luego a hablar al pueblo de Israel. 2 Yo abrí la boca, y él me hizo comer el libro, 3 diciéndome: –Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que yo te doy. Yo lo comí y su sabor era dulce como la miel. 4 Entonces me dijo: –Hijo de hombre, ve al pueblo de Israel y comunícale mis palabras. 5 Porque no te envío a una nación que habla un idioma complicado y difícil, sino al pueblo de Israel. 6 No te envío a grandes naciones que hablan un idioma complicado y difícil, cuyas palabras no entenderías. Si te enviara a ellos, te escucharían. 7 Pero el pueblo de Israel no querrá escucharte a ti, porque no quiere escucharme a mí; pues todo el pueblo de Israel es terco y tiene el corazón endurecido. 8 Pero yo te haré tan duro como ellos y tu frente será tan dura como la suya; 9 haré tu frente tan dura como el diamante, más dura que la roca. No les tengas miedo ni te asustes de ellos, aunque sean un pueblo rebelde. 10 Y me dijo: –Hijo de hombre, escucha atentamente y recuerda todas las palabras que yo te diga; 11 dirígete luego donde están los deportados, la gente de tu pueblo, y háblales de mi parte, te escuchen o no. 12 Entonces el espíritu me arrebató y oí detrás de mí el ruido de un gran terremoto, al levantarse de su sitio la gloria del Señor. 13 Era el ruido de las alas de aquellos seres al juntarse una con otra, el ruido de las ruedas y el ruido de un gran terremoto. 14 El espíritu me elevó y me arrebató; yo iba lleno de amargura con el espíritu turbado mientras me invadía intensamente la fuerza del Señor. 15 Llegué a Tel Abib, donde estaban los deportados que vivían a orillas del río Quebar, y permanecí siete días aturdido entre ellos. 16 Al cumplirse los siete días, el Señor me dirigió esta palabra: 17 –Hijo de hombre, yo te he constituido centinela de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, los amonestarás de parte mía. 18 Porque si yo digo al malvado que una amenaza de muerte pesa sobre él, y tú no lo amonestas ni le adviertes que debe abandonar su perversa conducta si quiere conservar la vida, él morirá por su maldad, pero yo te pediré cuentas a ti de su vida. 19 Ahora bien, si amonestas al malvado, y él no se convierte de su maldad ni de su conducta perversa, morirá por su culpa, pero tú te habrás salvado. 20 Si un hombre recto se desvía de su rectitud y hace el mal, yo le pondré una trampa y caerá. Como tú no lo has amonestado, él morirá por su pecado, y no serán tenidas en cuenta las obras buenas que había hecho, pero yo te pediré cuentas a ti de su vida. 21 Sin embargo, si tú amonestas al hombre recto para que no peque, y no peca, él vivirá porque fue amonestado, y tú te habrás salvado. 22 El Señor me invadió con su fuerza y me dijo: –Levántate, sal al valle y allí te hablaré. 23 Me levanté y fui al valle; la gloria del Señor, que había contemplado junto al río Quebar estaba allí, y caí rostro en tierra. 24 El espíritu entró en mí, me hizo poner en pie y me dijo: –Ve y enciérrate en tu casa. 25 A ti, hijo de hombre, te pondrán cuerdas; te atarán de tal manera que no podrás soltarte. 26 Yo haré que la lengua se te pegue al paladar; quedarás mudo y no podrás reprenderlos, porque son un pueblo rebelde. 27 Pero cuando yo te hable, abriré tu boca y les hablarás de mi parte. El que quiera escuchar que escuche, y el que no quiera que no escuche, porque son un pueblo rebelde. Ezra 31 El mes séptimo, instalados ya los israelitas en sus ciudades, el pueblo se reunió como un solo hombre en Jerusalén. 2 Josué, hijo de Josadac, con sus hermanos sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Sealtiel, con los suyos, reconstruyeron el altar del Dios de Israel para ofrecer en él holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés, el hombre de Dios. 3 Lo levantaron en el mismo sitio, a pesar del temor a los pobladores del país, y ofrecieron en él holocaustos al Señor, los holocaustos de la mañana y de la tarde. 4 Celebraron la fiesta de las tiendas, según lo prescrito, ofreciendo cada día el número de holocaustos ritualmente establecido. 5 Después de esto, siguieron ofreciendo el holocausto perpetuo, los sacrificios de las fiestas de la luna nueva, los de todas las fiestas dedicadas al Señor y los de cualquiera que presentaba al Señor una ofrenda voluntaria. 6 Comenzaron a ofrecer holocaustos al Señor desde el día primero del séptimo mes, sin haber puesto todavía los cimientos del santuario del Señor. 7 Entonces dieron dinero a los canteros y a los carpinteros, y enviaron víveres, bebidas y aceite a los sidonios y a los tirios para que enviaran por mar, desde el Líbano hasta Jafa, madera de cedro, conforme a la autorización de Ciro, rey de Persia. 8 Al año siguiente de su llegada al templo de Dios, que está en Jerusalén, en el segundo mes, Zorobabel, hijo de Sealtiel, Josué, hijo de Josadac, sus hermanos sacerdotes y levitas, y todos los que habían regresado a Jerusalén desde el destierro, comenzaron la obra. Confiaron a los levitas mayores de veinte años la dirección de quienes trabajaban en el templo de Dios. 9 Josué, sus hijos y hermanos, junto con Cadmiel y sus hijos que eran descendientes de Hodavías, acudieron como un solo hombre para ponerse al frente de los obreros que trabajaban en el templo de Dios. También Jenadad con sus hijos y hermanos levitas. 10 Tan pronto como los albañiles pusieron los cimientos del santuario del Señor, se presentaron los sacerdotes revestidos, con sus trompetas, y también los levitas descendientes de Asaf con sus címbalos, para alabar al Señor, según lo establecido por David rey de Israel. 11 Cantaron el cántico de alabanza y acción de gracias al Señor: «porque es bueno, porque su misericordia es eterna sobre Israel». Todo el pueblo alababa jubilosamente al Señor porque se habían echado los cimientos del templo del Señor. 12 Muchos de los sacerdotes, levitas y cabezas de familia, ya ancianos, que conservaban la imagen del primer templo, al ver ahora los cimientos de este otro, lloraban a lágrima viva, mientras los demás gritaban jubilosos. 13 Era imposible distinguir las manifestaciones de júbilo de las manifestaciones de llanto de la gente, porque los gritos estrepitosos del pueblo se oían a mucha distancia. |